El Idioma Analitico de John Wilkins (Borges) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Bernardo Rieux   
Dom, 26 de Junho de 2005 12:26
Un ensayo de Jorge Luis Borges, publicado primera vez en la colección Otras Inquisiciones. Trata-se do conhecido texto sobre a "enciclopédia chinesa", citado por Michel Foucault em As Palavras e as Coisas.

http://www.iki.fi/~kartturi/tekstit/wilkins.htm

He comprobado que la décimocuarta edición de la
Encyclopaedia Britannica suprime el articulo sobre
John Wilkins. Esa omisión es justa, si recordamos la
trivialidad del artículo (veinte renglones de meras
circunstancias biográficas: Wilkins nació en 1614,
Wilkins murió en 1672, Wilkins fue capellán de Carlos
Luis, príncipe palatino; Wilkins fue nombrado rector
de uno de los colegios de Oxford, Wilkins fue el
primer secretario de la Real Sociedad de Londres,
etc.); es culpable, si consideramos la obra
especulativa de Wilkins. Éste abundó en felices
curiosidades: le interesaron la teología, la
criptografía, la música, la fabricación de colmenas
transparentes, el curso de un planeta invisible, la
posibilidad de un viaje a la luna, la posibilidad y
los principios de un lenguaje mundial. A este último
problema dedicó el libro An Essay Towards a Real
Character and a Philosophical Language (600 páginas en
cuarto mayor, 1668). No hay ejemplares de ese libro en
nuestra Biblioteca Nacional; he interrogado, para
redactar esta nota, The Life and Times of John Wilkins
(1910), de P.A. Wright Henderson; el Woerterbuch der
Philosophie (1924), de Fritz Mauthner; Delphos (1935)
de E. Sylvia Pankhurst; Dangerous Thoughts (1939), de
Lancelot Hogben.

Todos, alguna vez, hemos padecido esos debates
inapelables en que una dama, con acopio de
interjecciones y de anacolutos, jura que la palabra
luna es más (o menos) expresiva que la palabra moon.
Fuera de la evidente observación de que el monosílabo
moon es tal vez más apto para representar un objeto
muy simple que la palabra bisilábica luna, nada es
posible contribuir a tales debates; descontadas las
palabras compuestas y las derivaciones, todos los
idiomas del mundo (sin excluir el volapük de Johann
Martin Schleyer y la romántica interlingua de Peano)
son igualmente inexpresivos. No hay edición de la
Gramática de la Real Academia que no pondere "el
envidiado tesoro de voces pintorescas, felices y
expresivas de la riquísima lengua española", pero se
trata de una mera jactancia, sin corroboración. Por lo
pronto, esa misma Real Academia elabora cada tantos
años un diccionario, que define las voces del
español... En el idioma universal que ideó Wilkins al
promediar el siglo XVII, cada palabra se define a sí
misma. Descartes, en una epístola fechada en noviembre
de 1629, ya había anotado que mediante el sistema
decimal de numeración, podemos aprender en un solo día
a nombrar todas las cantidades hasta el infinito y a
escribirlas en un idioma nuevo que es el de los
guarismos [1]; también había propuesto la formación de
un idioma análogo, general, que organizara y abarcara
todos los pensamientos humanos. John Wilkins, hacia
1664, acometió esa empresa.

Dividió el universo en cuarenta categorías o géneros,
subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su
vez en especies. Asignó a cada género un monosílabo de
dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada
especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir
elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego;
deba, una porción del elemento del fuego, una llama.
En el idioma análogo de Letellier (1850), a, quiere
decir animal; ab, mamífero; abo, carnívoro; aboj,
felino; aboje, gato; abi, herbivoro; abiv, equino;
etc. En el de Bonifacio Sotos Ochando (1845), imaba,
quiere decir edificio; imaca, serrallo; imafe,
hospital; imafo, lazareto; imarri, casa; imaru,
quinta; imedo, poste; imede, pilar; imego, suelo;
imela, techo; imogo, ventana; bire, encuadernor;
birer, encuadernar. (Debo este último censo a un libro
impreso en Buenos Aires en 1886: el Curso de lengua
universal, del doctor Pedro Mata.)

Las palabras del idioma analítico de John Wilkins no
son torpes símbolos arbitrarios; cada una de las
letras que las integran es significativa, como lo
fueron las de la Sagrada Escritura para los
cabalistas. Mauthner observa que los niños podrían
aprender ese idioma sin saber que es artificioso;
después en el colegio, descubrirían que es también una
clave universal y una enciclopedia secreta.

Ya definido el procedimiento de Wilkins, falta
examinar un problema de imposible o difícil
postergación: el valor de la tabla cuadragesimal que
es base del idioma. Consideremos la octava categoría,
la de las piedras. Wilkins las divide en comunes
(pedernal, cascajo, pizarra), módicas (mármol, ámbar,
coral), preciosas (perla, ópalo), transparentes
(amatista, zafiro) e insolubles (hulla, greda y
arsénico). Casi tan alarmante como la octava, es la
novena categoría. Ésta nos revela que los metales
pueden ser imperfectos (bermellón, azogue),
artificiales (bronce, latón), recrementicios
(limaduras, herrumbre) y naturales (oro, estaño,
cobre). La belleza figura en la categoría décimosexta;
es un pez vivíparo, oblongo. Esas ambigüedades,
redundancias y deficiencias recuerdan las que el
doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china
que se titula Emporio celestial de conocimientos
benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los
animales se dividen en (a) pertenecientes al
Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d)
lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros
sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que
se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados
con un pincel finísimo de pelo de camello, (l)
etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que
de lejos parecen moscas. El instituto Bibliográfico de
Bruselas también ejerce el caos: ha parcelado el
universo en 1000 subdivisiones, de las cuales la 262
corresponde al Papa; la 282, a la Iglesia Católica
Romana; la 263, al Día del Señor; la 268, a las
escuales dominicales; la 298, al mormonismo, y la 294,
al brahmanismo, budismo, shintoísmo y taoísmo. No
rehusa las subdivisiones heterogéneas, verbigracia, la
179: "Crueldad con los animales. Protección de los
animales. El duelo y el suicidio desde el punto de
vista de la moral. Vicios y defectos varios. Virtudes
y cualidades varias."

He registrado las arbitradiedades de Wilkins, del
desconocido (o apócrifo) enciclopedista chino y del
Instituto Bibliográfico de Bruselas; notoriamente no
hay clasificación del universo que no sea arbitraria y
conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué
cosa es el universo. "El mundo - escribe David Hume -
es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios
infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado
de su ejecución deficiente; es obra de un dios
subalterno, de quien los dioses superiores se burlan;
es la confusa producción de una divinidad decrépita y
jubilada, que ya se ha muerto" (Dialogues Concerning
Natural Religion, V. 1779). Cabe ir más lejos; cabe
sospechar que no hay universo en el sentido orgánico,
unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo
hay, falta conjeturar su propósito; falta conjeturar
las palabras, las definiciones, las etimologías, las
sinonimias, del secreto diccionario de Dios.

La imposibilidad de penetrar el esquema divino del
universo no puede, sin embargo, disuadirnos de planear
esquemas humanos, aunque nos conste que éstos son
provisorios. El idioma analítico de Wilkins no es el
menoos admirable de esos esquemas. Los géneros y
especies que lo componen son contradictorios y vagos;
el artificio de que las letras de las palabras
indiquen subdivisiones y divisiones es, sin duda,
ingenioso. La palabra salmón no nos dice nada; zana,
la voz correspondiente, define (para el hombre versado
en las cuarenta categorías y en los géneros de esas
categorías) un pez escamoso, fluvial, de carne rojiza.
(Teóricamente, no es inconcebible un idioma donde el
nombre de cada ser indicada todos los pormenores de su
destino, pasado y venidero.)

Esperanzas y utopías aparte, acaso lo más lúcido que
sobre el lenguaje se ha escrito son estas palabras de
Chesterton: "El hombre sabe que hay en el alma tintes
más desconcertantes, más innumerables y más anónimos
que los colores de una selva otoñal... cree, sin
embargo, que esos tintes, en todas sus fusiones y
conversiones, son representables con precisión por un
mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree
que del interior de un bolsista salen realmente ruidos
que significan todos los misterios de la memoria y
todas las agonias del anhelo" (G. F. Watts, pág. 88,
1904).



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[1] Teóricamente, el número de sistemas de numeración
es ilimitado. El más complejo (para uso de las
divinidades y de los ángeles) registraría un número
infinito de símbolos, uno para cada número entero; el
más simple sólo requiere dos. Cero se escribe 0, uno
1, dos 10, tres 11, cuatro 100, cinco 101, seis 110,
siete 111, ocho 1000... Es invención de Leibniz, a
quien estimularon (parece) los hexagramas enigmáticos
del I King.
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Última atualização em Qua, 10 de Agosto de 2005 13:02